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jueves, 25 de octubre de 2012

¡Vía cuatro! Un nuevo regalo de mi amiga Miastenia.





El viaje termina. Da el verano sus últimos coletazos, vestido ya de otoño. La multitud araña el pavimento de la estación con su prisa indisimulada. Avisos de vías y  andenes adornan la megafonía y hacen parpadear pantallas y miradas de viajeros prendidos al reloj.

Una maleta, con ruedas, claro,  corre a la búsqueda de su dueño que la ha repudiado momentáneamente mientras intercambia unas monedas al kiosquero que le ofrece la prensa del día. Huele a inquietud, a tiempo detenido que espera la salida, a perfumes agitados por la prisa, a trenes a punto de emprender su camino.

Hemos llegado con tiempo suficiente para dar una vuelta por la sala Club. Allí el silencio prima sobre la vorágine exterior solo interrumpido por el ligero bisbiseo de la máquina de café. En las pantallas lucha una programación deportiva de televisión frente a  los avisos de salidas y llegadas.

Todo ha ido bien. La amiga Miastenia no ha hecho sino disfrutar también de la escapada sin apenas dejarse ver salvo algún episodio de diplopia a la que el cuerpo parece acostumbrarse. Suena la alarma y la pastilla de Mestinón, quizá celosa, solicita su momento de gloria. Quedan ya veinte minutos escasos para la salida.

Ana, sentada en sentido contrario a las pantallas,  me pregunta si ya han colocado nuestro tren. Miro distraído hacia la pantalla de la izquierda. En efecto, junto al tipo de tren y la hora de salida, aparece, parpadeante, un número que indica la vía. Es el cuatro.

Giro la cabeza y me dispongo a comunicar el dato. –Si, ya está. Es la vía cuat…r…

Y ahí, el mundo comenzó a desmoronarse a mi alrededor. Pude notar que los músculos de mi garganta, de mi paladar, de la cavidad bucal en general, se recolocaban en un movimiento maldito impidiéndome terminar aquel número. –Cuat…r…. o, cua…t…rr…o. ¡Imposible!

Mi boca seguía su danza infernal y yo intentaba sobreponerme. ¡Había sucedido! La infame Miastenia esperó a que la calma despejara cualquier duda y se lanzó al ataque. Comprendí que empezaba una nueva etapa, una carrera en la que uno de los dos ganaría el trofeo. Dudé seriamente si sería yo.

Oía palabras de ánimo a mi alrededor, pero las lágrimas me impedían escuchar. No era un ahogo físico sino emocional. La vía cuatro no era solo el entramado de raíles –ancho europeo, please- que nos llevarían de vuelta a casa; también era la senda por la que habrían de discurrir los días siguientes.

Mi mente hizo un recorrido rápido por toda la lingüística aprendida en muchos años y las hojas del diccionario aparecieron frente a mis pupilas con nitidez indescriptible. Me esforzaba en pronunciar palabras que tuvieran erres, eles, sílabas compuestas, torcidas, entremezcladas o mediopensionistas, pero era inútil. Los músculos de mi garganta no respondían a mis propios estímulos. El sonido llegaba hasta ella, el aire se disponía a atravesarla, pero en el último tramo el soplo se desvanecía haciendo que, a trompicones, la palabra saliera disfrazada, gangosa, nasal, perdida e ininteligible.

-¡Disartria!, me dije. Sí, repasé mentalmente el catálogo de complementos que acompañan a la Miastenia y recordé que así se llama ese bonito efecto con que ella, siempre pensando en ti, te obsequia cuando así lo desea.

No recuerdo cómo pasamos el control. Ni siquiera sé si respondía al amable saludo de la azafata del AVE que nos recibió en la puerta del vagón. Quizá las maletas se colocaron solas en su lugar. No tengo conciencia de haberlo hecho. Mi mente solo repasaba palabras que mi garganta no sabía pronunciar. Una y otra vez mientras el paisaje corría a trescientos kilómetros a la hora frente a la ventanilla.

El tren, ajeno a mis padecimientos, seguía impertérrito deglutiendo árboles, puentes y nubes asustadas. La mano de Ana me apretaba la mía susurrando ánimos que no lograban hacerme volver. Pasaron unos minutos, escasos pero interminables, y la musculatura pareció serenarse. Intenté, de nuevo, repetir el número de aquella vía por la que abandonamos la estación: -Vía cuatttrro.  ¡Casi perfecto!, me consolé.

Una parada. De nuevo el camino. Una bandeja con el menú. ¿Podré masticar? ¿Pasarán los alimentos el filtro miasténico de mi garganta?

No hubo más problemas. Llegamos. Intenté olvidar en un infantil acto de avestruz asustada pero algo, dentro, debajo de una capa de animosa realidad, me decía que todo había cambiado. Que nada sería igual. La Miastenia me había hecho otro regalo y, probablemente, sería difícil deshacerse de él.

Ya en el andén miré al tren, apaciguado ya de su velocidad, y repetí para mis adentros…¡vía cuatro! Ahora, mira tú por dónde, me salió bien. Un juego más de la Miastenia y su espíritu burlón.

Mientras caminaba supe que aquello no quedaría así…
 

viernes, 21 de enero de 2011

Potencial evocador...



La primera visita a la sala de las torturas tuvo lugar en un ambiente distendido y silencioso. La luz tenue y la voz aterciopelada del personal daba al escenario un cálido halo de placidez. Una pantalla al más viejo estilo pop-art de, por ejemplo, aquellos sesenteros "Los Vengadores", un gorro de goma que casi te faculta para nadar los tropecientos metros espalda,  unos finos electrodos de colores, esa gelatina que podría ser la brillantina de Grease y la gafa que te tapa alternativamente un ojo o el otro.
Se trataba de investigar esa peculiar forma de ver que nadie había identificado aun...

Pues allá vamos. La pantalla se ilumina rápidamente y los cuadrados de colores pasan, giran, desaparecen, brotan, cambian, se esfuman, caen... una divertida cascada de potenciales evocados. ¿Quién pone los nombres a las pruebas diagnósticas? Premio para este. Evocar... curioso concepto frente a una sucesión de colores. Bonito, sugerente...

Luego alguien me dijo, el oftalmólogo creo, que nada de evocador, que era "evocados" pero bueno, me dije, qué mas da ponerlo en español que en portugués, por decir algo... Que la realidad no te estropee una buena noticia. O una buena comparación en este caso.

La segunda parte del show estaba a punto de comenzar tras despojarte del gorro y los electrodos. Menos mal que la estancia carecía de espejos.
-Pase a la camilla, oyes en medio de la penumbra.
Y efectivamente palpas una superficie acolchada con su sábana y todo sobre la que te dejas caer con cierta aprensión. Recordemos que la luz solo es un resquicio a través de la puerta.
Gotitas escocedoras pa tus ojitos y a esperar.
¿Qué atraviesa tu mente mientras deseas fervientemente acabar ya? Que cada cual se coloque virtualmente en el lugar y deje volar su imaginación.
El caso es que cuando más tranquilo empiezas a estar o quizá cuando de tanto nervio ya no te queda músculo que mover, el personal se te acerca de nuevo. Y su voz, tan melodiosa como antes, te indica que ¡oh, Dios mío! te van a colocar unas lentillas duras y conectadas a unos cables sobre tus dos ojos.
Y así sucede. No mueva los ojos. No los cierre. Quieto todo el mundo...
Dios del Sinaí, y además te dicen que te vas a quedar quince minutos o algo así con los cristalillos pegados a los ojos y SIN CERRARLOS.  No te lo puedes creer. ¿Serás capaz?

Pues no. Al instante siguiente, aunque quieres profundamente no parpadear, pues parpadeas. Y los cablecillos a tomar viento fresco. En algún lugar se debe encender una alarma ya que se aproximan rápidamente los operarios especialistas y te dicen que ¡ay, ay! que cuidadin, cuidadin, que la cosa puede salir mal... que te portes bien y que los ojos abiertos, abiertos, abiertos.
Prometes sinceramente intentarlo y vuelve la oscuridad.
Seguramente las gotas ya han hecho su efecto porque te sientes como el tipo aquel de La Naranja Mecánica con los alambritos sujetando los párpados, pero sin alambres ni corsés. ¡Sin manos! ¡Más dificil todavia!.
Pasan los interminables minutos y crees sucumbir a Morfeo. Pero si duermes, has de cerrar los ojos, así que aprietas los puños, haces que baile tu diafragma o mueves los dedos de los pies con tal de permanecer en estado de vigilia. ¿O la vigilia es cuando estás más p´allá que p´acá?
Ajeno a las disquisiciones lingüisticas no te das cuenta de que el electrorretinograma fotópico sigue su marcha y que los portadores de la bata blanca han aparecido en mitad de las tinieblas con unos focos discotequeros cutres, eso si, que solo destellan en azul y en rojo.
-Ahora encendermos las luces de los focos, pero usted siga con los ojos abiertos. ¡Manda narices, oiga!.
Y una y otra y otra más. Solo falta la músiquilla de Boney M (Uno es que ya va para mayorcito).

-Descanse unos momentos. Todo ha terminado.

Entonces te parece que San Pedro en persona vendrá a saludarte. ¿Todo ha terminado? ¡Qué tétrico, no!

-Aguarde fuera. En el baño tiene una toalla limpia.

¿Una toalla? ¿Acaso hay que ducharse ahora? Te pasas la mano por el pelo descuidadamente y encuentras la solución al enigma. ¡La brillantina gelatinosa de los colorines! Si. Sigue ahí, dándote ese aspecto de loco recien escapado del manicomio más cercano.
Con el pelo tieso y los ojos abiertos al 250 %, sales de la oscuridad como un zombi y te paseas entre otros espantados pacientes que aguardan en silencio su turno. Llegas al baño y te observas en el espejo.
Las palabras huyen de ti y eres incapaz de describir tu aspecto.

Fuera es mediodia. Y las gentes van y vienen sin saber que la lotería te puede tocar así, sin mas...

Los resultados los llevas en un sobre azul.  Lo abres con ansiedad y lees que todo está normal. Que si ves raro es porque eres raro. Que ya vas teniendo una edad, chaval, ¿qué querías?.

Y nada, a continuar. Todo acababa de empezar. El camino tenía muchas más piedras. Todavia no le habíamos puesto nombre a una de ellas: Miastenia.

jueves, 20 de enero de 2011

Multiplicando por dos...




Cuando uno ya tiene la solución del problema es sencillo decir ¡ya lo sabía!. El problema es adivinar las pistas que nos llevarán a la resolución.
¿Qué sucede cuando un día te levantas y observas que los contornos de los objetos que te rodean son ligeramente fluctuantes? Piensas...¿bebí ayer más de la cuenta? ¿Hay un ligero terremoto que mis otros sentidos no detectan? Quizá una indiscreta legañilla mantiene a medio abrir los ojos y el efecto que produce es esa mezcla entre borroso y doble?

Tras las oportunas abluciones descubres que tú también eres doble ante el espejo y las cuchillas  de la superGillete esa de última generación no son cinco o seis sino una docena. Te espantas de que la ciencia moderna sea capaz de semejantes atrocidades ¿meter doce cuchillas en apenas un centímetro? pero como decía Don Hilarión, como todo avanza que es una barbaridad, pues nada, que te dispones a salir a la calle con la alegría propia de volver al trabajo un día más.

La salida es ligeramente traumática. Los viejos árboles del Paseo, los raíles del tranvía, los transeuntes... todo tiene otra dimensión. Los semáforos no son ya aburridos y tricolores sino que producen destellos propios de la discoteca más cool que imaginar pudiera. Los railes del tranvía podrían abrazar patines de cuatro ruedas y, lo más grave, cuando te dispones a cruzar la calle has de adivinar cuántos coches hay en realidad a punto de saltar sobre ti.

Cierras y abres. Abres y cierras los ojos para intentar que todas esas partes que una vez estudiaste como componentes de tu globo ocular se afiancen y queden en su lugar correspondiente. Parece que lo consigues. Avanzas rápido para llegar a tu destino sin que nada ni nadie se oponga a ello. Ya queda menos, te dices... cuando divisas la puerta del Colegio.

Respiras hondo. Has llegado bien. Las cuadrillas de automóviles que ya no sabes cuántos son, no te han atropellado aunque ciertos bordillos se te han resistido por cuanto han decidido multiplicarse como en el mandato bíblico. Respiras de nuevo. Conoces las escaleras, así que aunque te parecen las escalinatas del Sacre Coeur, imaginas que siguen siendo las mismas de ayer y te lanzas a escalarlas temerariamente.

Suena la sirena (de vuelta al trabajo, como diría Victor Jara) y las hordas de pequeñuelos de lanzan al abordaje. Las mochilas van golpeando con sus infernales ruedas los escalones y realmente parece que el número de alumnos ha crecido al mismo nivel que tú los ves.
La puerta se abre y entran y entran, y entran... ¿cuántos has visto adentarse raudos y veloces? ¿Sesenta? No puede ser. Ah, claro, es que hay dos de cada uno, como en las ofertas del Carrefour. ¡Casi ná!.
Las tablas de muchos años hacen que todo funcione más o menos cuando el campo de visión es "a lo lejos" pero si hay que leer... ¡Dios mio! ¿Y corregir un cuaderno? ¡Santa Virgen del Perpetuo Socorro!. Imposible de los Imposibles.
-Vamos a corregirnos los unos a los otros... ¡apaño provisional!...

Y así un día y otro hasta que continuar se hace demasiado cuesta arriba. Aun el ojo no había hecho ese guiño cómplice que se acercaba. Pero el problema se estaba fraguando. Luego supe que se llama DIPLOPIA, aunque durante tiempo me costó trabajo saber si tenía o no tilde...