domingo, 11 de marzo de 2012

La cremallera de los sueños.


A lo largo del cansino deambular de los siglos, muchos han sido los símbolos, físicos incluso, que han sido determinantes para un grupo social, para algunas personas que han compartido dolor o han amanecido en estado de gracia manteniéndolo por siglos.

Ciertas tribus tatúan en su rostro las líneas que demuestran su estatus y los judíos circuncidan a sus niños, por mencionar dos ejemplos ampliamente difundidos. Sin embargo, existe otra pequeña sociedad, un grupo de elegidos, que fueron tocados por la varita del destino. Y ellos son los supremos guardianes de los sueños.

Descubrieron un día que las fuerzas del mundo no les eran suficientes para realizar su labor; que necesitaban más tiempo, más esfuerzo, más poder. El día a día se les quedaba tan pequeño que, a poco movimiento que hacían, el cansancio del peso de la historia caía sobre ellos de forma inmisericorde. Fruto de su empeño en descubrir las verdades del universo forzaban su vista y su cerebro hasta sentir que la realidad se doblaba ante sus ojos, caídos por el extenuante y continuo dolor de la realidad circundante.

Sabían que podían. Estaban convencidos de que estaban llamados a un nivel superior. Consultaron a los hados, a los nigromantes, a todo aquel que se relacionaba con los claroscuros de la ciencia. Miraron y hurgaron en su mente con los más translucidos remedios; usaron las recetas que el tiempo había arrinconado en los rincones de los ajados laboratorios. Necesitaban saber la verdad.

Sus sacrificios estaban a punto de no producir el resultado deseado. Su afán por alcanzar las inasequibles cotas del poder de la historia caía en el desánimo sin observar la luz tras el camino.

Mas llegó el día de la liberación. El colectivo supo, con solo verlo a través de su diplópica mirada, que estaban ante la solución. El Arúspice lo  comunicó a todos con un susurro de voz. Sí. Algo existía en su interior que debía ser removido. Una fuerza recóndita, insondable, nacía de sus entrañas, junto a su cansado corazón. Una exultante glándula, un ojo interno, un resplandor que irradiaba sus ponzoñosos aguijones hacia el mundo exterior.

Aquel habitante de sus cuerpos debía ser extirpado.

La mágica maniobra se llevó a cabo entre narcóticos vapores. El grupo vivió el duro trance de abrir sus cuerpos al hilo adormecedor del cántico de las sirenas anidadas en sus doloridas mentes pero al fin, el parásito fue arrancado de su tórax. Ahora ya podían dedicarse a alcanzar la felicidad. La propia y la de los demás. Ahora eran, de verdad, los elegidos.

Fueron saliendo, de uno en uno, tímidos aun, sin haber tomado conciencia de que ya formaban parte del más selecto de los clubes. Se miraron. En sus ideas, sus anhelos, la íntima apetencia por salir al mundo, estaba comenzando una ebullición que ya no podría ser detenida.

Alguien se asomó a las aguas de un cristalino arroyo y se dio cuenta. Allí, en mitad de su pecho, estaba la puerta de los deseos. Aquello no era una sangrienta cicatriz. Era la cremallera de los sueños.

Ya nada fue igual. Todos sabían que eran ahora fuertes e invencibles. Que el destino les tenía preparadas nuevas pruebas a las que jamás temerían. Tenían la llave. Atesoraban quimeras utópicas, ambiciones leales, deseos para compartir.

Solo tenían que pensar que todo estaba ahí. Tras la cremallera que portaban, orgullosos, junto a su corazón. Quizá un día lejano tuvieran que explicar a un niño qué era aquel costurón que atravesaba, como flecha veloz, su cuerpo curtido en mil batallas. Pero ahora sabían que podrían sonreír y contarle toda la verdad. Era su marca. Su diferencia. Su señal de identidad. Nadie sino ellos sabía dónde estaban los sueños.



(En homenaje a todos los que padecen/padecemos MIASTENIA. La cremallera de los sueños es la cicatriz de la Timectomía a la que la muchos han sido sometidos. La idea de la "cremallera" es de una compañera de AMES. Ella la llama "Cremallera de los sentimientos". Yo la apellido "de los sueños". La fuerza nos acompañará siempre. Los sueños son nuestros.)

martes, 6 de marzo de 2012

La delegación jiennense en el V CONGRESO NACIONAL DE MIASTENIA. Noticia del periódico JAÉN.

Toda publicidad es buena y necesaria cuando se trata de abrir los ojos a la sociedad y procurar que se abran nuevas puertas a la consideración, a la investigación, al progreso contra nuestra amiga Miastenia. Las páginas del periódico JAÉN se han hecho eco de nuestro Congreso Nacional, en especial de la Delegación jiennense -me gusta más jaenera-. Os dejo el artículo publicado.


Cuando las huestes miasténicas levantaron el campamento...

Acabó el V Congreso sobre Miastenia en Madrid. No voy a desgranar las ponencias, ni comentar los avances o la medicación recomendada. Páginas miles hay en la red dedicadas a semejante glosa (Vease, por ejemplo, REDPACIENTES, que ya se nos ha adelantado a todos con sus post sobre el Congreso).  Prefiero codearme con el recuerdo y dejar constancia de lo vivido. Era, ¡¡¡mi primera vez!!! y dicen que eso marca. Nombres que antes solo vivían sobre el papel o la pantalla, pasaron a tener cara. Y esa imagen no se correspondía siempre con la recordada. La realidad, ya se sabe, puede con la ficción. ¿O era al revés?
Quienes eran imágenes fijas pasaron a tener movimiento: Juan Manuel, los camaradas de Pegalajar, el jefe supremo, Jesús, Pilar, Juan, Santiago, ... mejor no seguir para que nadie se vea "sacado de contexto" y olvidado. (Hasta Leonardo Da Vinci había establecido un puesto de guardia junto a nosotros. ¿Lo visitasteis?)  
Todos cobrasteis vida y habéis entrado ya en mi Parnaso particular. Gracias, compañeros, camaradas, amigos. Los sufridores miasténicos también tenemos sentimientos aunque nos los cambie ligeramente nuestra amiga. ¿O es solo el carácter? ¡Quién sabe lo que hace con nosotros!





Pero vayamos al grano. El Congreso acabó y la normalidad (¿?) ha ocupado de nuevo nuestras vidas. Las huestes miasténicas abandonamos el campamento y nos lanzamos a conquistar el mundo, aunque solo esa parcela que ya era nuestra pero que hay que luchar por mantener. Dejadme que os deje (olé la redundancia), estas palabras al hilo de un viaje de vuelta en tren cuando ya la tarde se alía la noche para esa farra diaria que ambas se montan por los horizontes...


El cansino ronroneo del Media Distancia nos iba alejando poco a poco del Madrid de la Castellana, de ese arrabal chamartinero en el que hemos aposentado nuestras miasténicas huestes congresuales este fin de semana.

Todavía no ha caído la tarde del todo pero algún que otro párpado quiere emular al crepúsculo y se dedica a deslizarse lánguido y meloso hacia el apoyapiés. (Y no llega al suelo por la rápida acción de la gragea de turno, que conste).

La ventanilla refleja el cansancio y la mirada, el recuerdo. Han sido solo horas, pero con estrambote, como aquellos sonetos de nuestra perdida adolescencia. Los minutos cundieron al ritmo de los pps repletos de información que los doctores (y doctora) nos deslizaron neurona adelante. Y las manos se juntaron en aplauso aunque antes estrecharon presencias y palmearon espaldas con la sonrisa anclada en el reencuentro.

¡Cómo te va desde Burgos! ¿Y esos corticoides? Pues a mí me pone usted quilo y medio de plasmaféresis, un cuarto de inmunos con toping de mestinón y extra de acetilcolina.

Encuentros con los viejos conocidos o descubrimiento de nuevas amistades; Saber de los avances y husmear en tratamientos manidos pero en alza; Dudas al viento y proyectos inyectados en vena. He ahí el tinglado de la antigua ( y miasténica) farsa.

El tren atraviesa una estación solitaria, como casi todas las intermedias del trayecto. La luz del atardecer se espesa y se adormece sobre las lustrosas vías. Un niño llora. Alguien deja caer el tapón de la botella del agua acompañante.

Un músculo flaquea. Una voz se altera. Un trago redundante se atraganta. Y la pastilla vuelve, al igual que el tren, a recorrer otro tramo, distinto pero igual, solemne pero triste. ¿Hay algo más nostálgico que alguien mirando a través de la ventanilla de un tren circulando hacia un destino que solo figura en el billete doblado en el bolsillo?

La miastenia, inasequible al desaliento, te mira desde el reflejo desvaído con gotas de lluvia enquistadas de apenas unos minutos antes. Y te guiña, pícara y deslenguada, su ojo –que es el tuyo- para decirte que sigue ahí, que te acompaña, que ella también se ha enterado de todo lo que acabas de recordar/saber/aprender en el Quinto Congreso.

Es una hija de su madre. (Mala, seguramente. La madre y la hija. ¡Qué familia!) Pero no puedes enfadarte con ella. Esa es tu condena. Has de sortear sus sablazos, olvidar sus cánticos aduladores como Ulises con las sirenas y levantar la cabeza aunque solo sea para ver pasar al revisor por el pasillo.

El tren traquetea, que para eso es un tren. La miastenia fastidia, que para eso es una… (Ahorremos al pudoroso lector una malsonante expresión castiza que podría herir su sensibilidad).

Hay nubes sobre los viajeros. Alguna parece adoptar formas prohibidas: un hongo evanescente, una seta acuosa que te recuerda que no puedes… Te rebelas y piensas en dulces horizontes cargados de chocolate, pero tampoco parece que a tu amiga le guste.

De pronto ya  es de noche y el trayecto está a punto de quedar suspendido. Unos frenos. Una maleta que desciende. El aire fresco en la cara adormecida y en el recuerdo traspuesto.

Hay algún apunte entre la prensa y los planos que atesoras en el equipaje de mano. Notas del pasado que indican el camino a seguir en el futuro. Ideas que se desprendieron de la cándida luz del proyector y rebotaron en la nívea pantalla para asentarse en ese recoveco tras tu retina.  Recoges, ordenas, clasificas. Un bulto, una maleta, la chaqueta arrugada, el libro marcado. Abandonas el camino seducido por la meta alcanzada. La escalerilla parece deslizarse bajo tu pie. También el recuerdo. La Castellana sigue oliendo a tráfico. Las Torres Kio quieren seguir cayendo en una ptosis elefantiásica y Leonardo, aposentado junto al camino, quizá trata de inventar una nueva máquina que centre miradas, eleve párpados y traslade anticuerpos. Lástima que ahora es la acera, conocida y casera, quien te transporta al día a día. Y todo tiene ya el mismo color. Queda la cara del amigo. La sonrisa del camarada. El apoyo del asociado. El empuje del consejo y la ayuda del convencimiento.

El Congreso acabó y la Miastenia, pérfida roedora, aunque ella no lo sabe aun, tiene un nuevo enemigo. Quizá tampoco nosotros sabemos cuál es.

miércoles, 29 de febrero de 2012

El día después.



El día después ha llegado. Ayer todos los medios se hicieron eco de la celebración del DÍA INTERNACIONAL DE LAS ENFERMEDADES RARAS. Mucho documental, reportajes, entrevistas... mucha alharaca pero....¿mucho resultado?
Ahora toca trabajar. Si la celebración se queda solo en el escaparate, ¿de qué sirve?.

martes, 28 de febrero de 2012

Vacúnate contra la indiferencia. DIA INTERNACIONAL DE LAS ENFERMEDADES RARAS.


Vacúnate contra la indiferencia.

29/02/2012. Día internacional de las enfermedades raras.


Los seres humanos tenemos cierta tendencia a volver a la infancia. Sí. Todos recordamos que si nos tapamos la cara con las manos… nadie nos ve. Las cosas suceden a nuestro alrededor pero no a nosotros. En el fondo es el síndrome de la cabeza de avestruz. Y que conste que no estamos hablando de una enfermedad rara. Desde pequeños hemos crecido con la idea de que “ya nos preocuparemos cuando llegue el momento” y eso nos permite adquirir una máscara que nos hace indiferentes ante los problemas que, creemos, no nos atañen directamente.

El próximo día 29 de febrero –día raro donde los haya- se celebra el DÍA INTERNACIONAL DE LAS ENFERMEDADES RARAS y sus lemas de este año hacen mención precisamente a esa intrínseca capacidad humana de evadirse de todo aquello que nos puede preocupar. Es la enfermedad de “Mientras a mí no me toque”, el trastorno de “No podemos hacer nada” o el síndrome de  “Pobrecillos, mira lo que les pasa” por citar alguna de las crónicas dolencias que circulan a nuestro alrededor.

Sin embargo, estamos equivocados. En cualquier momento -quizá ahora mismo aunque aun no lo sabemos- podemos pasar a estar al otro lado y transformarnos en portadores de una rara afección que cambie para siempre el concepto que hemos aprendido de lo que significa “vivir”.

No podemos ser indiferentes. No debemos huir ni mirar hacia otro lado. El desaliento, la apatía, el desinterés o la desesperanza son dolencias tan peligrosas o más que los propios padecimientos crónicos con que un selecto y mínimo número de personas han de acarrear ya de por vida.

La consideración social no puede depender del número de afectados. Tampoco los procesos de investigación que abran nuevas vías de resultados o las dotaciones económicas que los apoyen.

Necesitaríamos muchos artículos como este para citar tan solo la multitud de enfermedades raras que pueden acompañarnos en nuestro camino. Unos nombres nos sonarán más que otros, Distrofia muscular, Facomatosis, Esclerosis múltiple, Miastenia Gravis, Piomiositis o los múltiples síndromes como el de Tourette, el de Hurler, de Rett, de Sanfilippo, Cornelia de Lange y tantos otros.

En muchas ocasiones nuestro contacto con esta problemática se limita a un puntual vistazo al reportaje, no siempre contrastado, emitido en televisión cuando un caso es particularmente llamativo.  Y ahí aflora nuestro sentimiento paternalista que solo nada en la superficie del problema. ¡Qué lástima! ¡Qué cosas les pasan a los demás!

¿Qué hacemos después?  Olvidarnos. Correr ese tupido velo de la indiferencia, ese alifafe que nos permite archivar la preocupación momentánea, y pasar a sentir todos los dolores como ajenos.

¿Qué no hay medicación efectiva para tal o cual patología? ¡Lástima! ¿Qué no existe apoyo ni soporte socio-comunitario para aquella otra? ¡Cosas de la crisis! ¡Ya vendrán tiempos mejores!

Y así se va enmarañando la madeja. Las enfermedades raras lo son ya que afectan a pocas personas. Y esas personas no tienen dónde acudir ya que son, precisamente, pocas. No hay medicación ya que ¿quién va a investigar un nuevo fármaco para que lo disfruten –y gasten su dinero, o el de la Seguridad Social- menos de cinco pacientes de cada no sé cuántos miles de habitantes de la comunidad?

Todos somos pacientes potenciales y algunos ya hemos sido agraciados con la pedrea del sorteo. Y menciono ese premio de consolación por humildad. En realidad contamos con varias series del gordo. Luchamos por creer que ese gen “raro” con que nos hemos topado en nuestro cuerpo serrano no nos convierte en raros. El raro es él. Rara es la enfermedad. Rara es la patología. Nosotros sobrevivimos a los adjetivos y tratamos de levantar la cabeza alta a cada paso. Al menos todo lo alta que podemos, que no siempre se consigue.

Sé solidario. Vacúnate contra esa careta de inconsciencia que te hace desviar la mirada y el pensamiento. Podrías añadirte a nuestro listado cuando menos lo esperes. Y nosotros, los raros, estaremos ahí para ayudarte.  Colabora ahora desde tu privilegiada situación. El día 29 de febrero, piénsalo. Y actúa.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Video oficial DIA DE LAS ENFERMEDADES RARAS. 29 de febrero de 2012.


El día 29 de febrero se celebra, como ya hemos comentado en varias ocasiones,  el DÍA INTERNACIONAL DE LAS ENFERMEDADES RARAS. No mires hacia otro lado. La indiferencia es el peor de los remedios, la peor postura. Solidarízate. Ven. Ayuda. Te esperamos.

viernes, 10 de febrero de 2012

29 de febrero: DIA INTERNACIONAL DE LAS ENFERMEDADES RARAS.

El próximo día 29 de febrero se celebra el DÍA INTERNACIONAL DE LAS ENFERMEDADES RARAS. Como primer paso de las distintas crónicas, artículos y reseñas que esa celebración generará en los medios, estos son los carteles, nacional e internacional del evento.





martes, 7 de febrero de 2012

Lágrima furtiva.


Hay mensajes que marcan. Hoy, aquí en esta situación de stand-by en la que me encuentro a la espera de que me abandonen mis amigas diplopia y ptosis, me acaban de llegar unas líneas vía gmail que me han emocionado.

Uno de mis chavales, -por aquello de la protección de datos solo diré que se llama Miguel- me cuenta cómo les va en clase y me halaga en mi ego de viejo maestro con palabras que llegan a lo más hondo. Pero no es de eso de lo que quiero hablar. También yo les echo de menos y veo pasar los días con la desesperación propia de no poder estar con ellos.

Hay una frase en su mensaje que ha provocado que una furtiva lágrima luche con la ptosis y emerja victoriosa mejilla adelante.

-“Ojala, profe, que un día encuentren una cura para tu enfermedad. A ver si puedes venir a vernos pronto”

Aquí, uno que es de lágrima fácil, como dicho queda, ve que la vista se le nubla y no precisamente por sus amigas miasténicas. El neurólogo lo dice a menudo: Esta es una enfermedad invalidante. Vaya, que te hace inválido. Que no vales, que no sirves ni para lo que más te gusta hacer: enseñar y aprender compartiendo esa intensa vida que se conjuga dentro de las paredes de un aula.

De nada me sirven las listas de actividades, deberes y ejercicios que procuro enviar, también vía email, cuando –preferiblemente por la mañana- mis capacidades están más potentes. Son un hilo conductor, una llamada de atención, un aviso a navegantes –o a mi mismo- para gritar que el pozo no es tan hondo, que aún queda un resquicio de utilidad, que no todo está perdido…

Pero, ¿dónde queda el humor con el que procuro impregnar las entradas de este particular confesionario? Parece que esta vez se ha quedado aparcado a la entrada o colgado en la percha del vestíbulo junto con el último resultado de una analítica de receptores de acetilcolina o la receta doblada del corticoide de turno.

Prometo que todo volverá a la normalidad, que sé que la sonrisa hace de linimento para las heridas internas y que ante un bache no solo hay que saltarlo; también se puede bailar sobre él con unas fantásticas botas de agua.

Gracias, Miguel, por tus palabras. Yo también espero que alguien invente esa pastilla que arregle esas historias que me pasan y no solo por eso: también para poder vernos cada mañana en el cole. 

No os olvidéis del viejo profe enfermo. Han sido muchos años ¡¡desde segundo!! avanzando unidos. Ya solo os queda un pequeño escalón para saltar al siguiente piso, la secundaria. Y me gustaría que lo subiéramos juntos. Voy a hacer un esfuerzo. O mil. Tus palabras han sido un buen motor para conseguirlo.

Un besote grande, Miguel.

viernes, 3 de febrero de 2012

La Pandilla crece.



Todavía deben de quedar en algunos cajones del recuerdo ciertos cromos de la otrora famosa PANDILLA BASURA (Los llamados “Basuritas” en Sudamérica). Aquellos repulsivos seres que se daban a las más vomitivas y retorcidas aventuras y que gozaron de gran popularidad en los años ochenta del siglo pasado. (Parece que hace milenios ya).

Pues, ¡ay!, mi particular “pandilla basura” cuyos miembros más conocidos eran DIPLOPIA y PTOSIS, se han hecho con una nueva amiga –de nombre tan sugerente como los anteriores- que responde al cariñoso apodo de PARESTESIA.

No. No son las tres Gracias, ¡qué va! Son, más bien, los tres jinetes del Apocalipsis. ¿Qué estos eran cuatro? Pues miedo me da cuál será esa nueva amiga que pueden estar esperando para presentarme.

Quizá la más fiel de todas ellas sea mi querida Ptosis. Ella me acompaña intermitentemente, como un leal animal de compañía. A veces me da un respiro pero dura poco. Lucho por despegármela de mis bien surtidos lomos pero ni una buena ingesta de sus enemigos los corticoides me hace añorarla mucho tiempo.

Cuando solo es ella quien me acompaña la vida toma un color diferente. ¡El de las gafas de sol! Los amaneceres son de color café manchado, mientras que, en el ocaso, la gama cromática de los castaños se va oscureciendo paulatinamente hasta dotar de un brillo caoba al adiós del día que marcha emocionado a besar a su Luna –que lo aguarda vestida de encajes ocre- en la mejilla.

¿Qué posibilidades existen  de que un ciudadano de a pie, anodinamente transparente, aparezca en la portada de un diario? Escasas. Es posible, incluso, que antes de que tan hecho acontezca, la suerte te sonría con un pico en los “euromillones”.

Mas, ¡he aquí el tinglado de la antigua farsa!  Llegó el día en que los hados decidieron empujarte unas milésimas hacia la inmortalidad plasmando tu imagen en la portada del periódico. Y…¿quién se enteró antes? ¿Quién lo sabe? Cierto. La amiga Ptosis. Ella, siempre atenta para procurarme instantes de placer, ya había hecho acto de presencia mucho antes que los periodistas. ¿Resultado? El pobre ciudadano insignificante apareció reproducido a todo color con un irrefrenable aire a lo “Niña de la Puebla”, docta “cantatriz” de las esencias patrias cuyo seña de identidad eran aquellas archiconocidas gafas de negro carey que nuestras abuelas identificarían entre un millón de antiparras, incluso con los ojos cerrados. ¡Eso es mérito, dios mío!

Digas lo que digas te vas acostumbrando. Y sales a la calle mientras caen chuzos de punta y la cortina de agua impide ver al común de los mortales, pero tú caminas ufano con tus sunglasses aunque tengas que palpar las esquinas con los guantes y avanzar con paso corto por si el operario municipal de turno se dejó abierta la tapa de los registros en mitad de la acera.

Pero… ¡Ay cuando la ptosis llama a su amiga diplopia! Ambas hacen un equipo de infernalidad manifiesta. (El corrector ortográfico me quiere sustituir infernalidad por informalidad; pues, oye, que también serviría. Informal, desde luego, es esta pareja de toca…eso, sí)

Ya me he deleitado en otros momentos de este blog recreando las peculiares ventajas de la visión doble, así que solo sugiero al desinformado lector que, si no es capaz de imaginar las desventuras que ello produce, se imagine la vida cotidiana viendo exactamente igual que el beodo que acaba de ingerir sustanciosos hectolitros de alcohol de garrafa caducada.

Todo pasa a tener, no ya un color especial, que para eso están las gafas de la ptosis, sino el alegre vaivén del tiovivo, la sorprendente visión de los caleidoscopios pero sin cristalitos de colores, al natural, sin condón  ni anestesia.

Estas amigas lo son tanto que pueden acompañarte por separado y no se sienten celosas la una de la otra. Por el contrario, se complementan, se envían mensajes de cariño y se citan en lugares insospechados que a ti te sorprenden y te alteran si medida cuando se presentan. Pero ellas a lo suyo. Para esos son fieles, leales, incondicionales y devotas de todos y cada uno de tus pasos.

Estos últimos días, rendido por el acoso de este par, la ciencia médica ha tenido a bien concederme un descanso por si fuera posible despistarlas haciendo como que no pasa nada. No sales. No entras. No corriges. No te llenas la mano de tiza. No enumeras las reglas de ortografía delante de tus chavales. Ni siquiera puedes leer mucho tiempo ni ver la tele si no es con un parche al más puro estilo Barbarroja o, en plan glamour, modelo Princesa de Éboli.

Pasa un día. Otro más. Abres los ojos por la mañana y parece que todo se mejora. ¿Se habrán marchado de vacaciones hasta que vuelva a trabajar?

Te atreves con ese libro que tenías olvidado. En un esfuerzo total que te extenúa te enfrentas con el teclado y generas actividades, deberes, propuestas que enviar a tus alumnos.

Y entonces, aunque en el fondo lo esperabas, te sorprende la visita de otra amiga. La Parestesia. Esta parece tener un nombre menos agresivo. Quizá sea así. Pero es sibilina y esotérica. Da la sensación de que no está, que solo fue un soplo fruto del ventanal entreabierto. Pero no. Llega a instalarse junto a las otras okupas de tus días.

Esos que has dedicado a eso tan moderno de trabajar en casa.

Notas un día, entre operación combinada de fracciones y adverbios de modo que las letras comienzan a transformarse en hadas. Les aparece un difuso fulgor alrededor y, sin que nadie las empuje a ello,  diríase que danzan suave y lánguidamente ante tu sorprendida mirada.

(Ptosis y Diplopia te observan en silencio agazapadas, pero esbozan una sonrisa cómplice)

Al rato deciden acercarse y te presentan a su amiga. Aquí Parestesia, aquí el paciente. Siendo tan rico el idioma castellano debería constar entre sus vocabularios otra palabra más intensa que definiera el estado en que te encuentras.  En un viejo concurso de la tele existía la figura del “sufridor”. Pues ese título es que te mereces por acoger en tu seno a semejantes parásitas.

Resultase, te dice el neurólogo, que la Parestesia hace que ciertos músculos se adormecen y por tanto sus antónimos –esto es deformación profesional- hacen la labor que ellos tendrían que proveer pero en sentido contrario. Bueno, esto es una aproximación totalmente torticera del original, pero es lo que te ha parecido entender con la maltrecha neurona que has decidido que te acompañara a la consulta.

Total, que si no querías caldo, dos tazas. ¿Dos? La vajilla completa de Her Majesty the Queen Elisabeth, Victoria o las dos a la vez.

Ahora disfrutas también de un trastorno de la fijación ocular según puedes leer en el informe. Aunque leer quizá no sea la palabra adecuada. Mejor descifrar, o suponer. Las letras, hijas de su madre, han decidido alterar las distancias que las separan y parecen estar dispuestas a entrelazarse en erótica contienda. Antes que sucumbir al voyerismo decides apartar el sobre y meditar. Menos mal que eso se puede hacer con los ojos cerrados.

En un atisbo de realismo mágico pretendes acotar tu situación y el resultado es desalentador. Un ojo –o su párpado- cercano a la muela del juicio. Otro sumido en la lucha parestésica y ambos, apuntados a las clases de esos monjes giróvagos que giran y giran buscando el mareo supremo. El panorama es desolador si no fuera por su parecido a las verbenas populares donde la noria, el sapito, el vino dulce con su galletita, el perrito caliente o el medio pollo asado con pimientos se mezclan con la música ensordecedora de la tómbola o de la chocolatería ambulante de los Hermanos Pernia. (Esta existe de verdad, no es una licencia literaria. Doy fe).

Pues sí. La vida es una feria cuando te acompaña esta pandilla. Todo te da vueltas y ya no sabes si esperar a que el horizonte se tranquilice y se tumbe para poder orientarte o dedicarte a la bebida para así aumentar el efecto y mandar a las tres amiguitas a hacer guarradas junto a la jaula de las fieras del circo que nunca falta en nuestras fiestas populares. Más que nada por si el tigre de Bengala saca su garra y las devora. Claro que no le espera nada al pobre si se las queda. Mejor que no, que estos tigres son una especie en extinción. Solo faltaba que me condenen por atacar a una especie protegida…

Y aquí sigo, aunque voy a tener que ir dejándolo. Parece que las teclas del ordenador han decidido, también ellas, montar su orgía particular.

Y para fiestas estoy yo…